8.6.10

Los reyes del doble discurso

Nadie tiene el monopolio del doble discurso. Pero los españoles están bien arriba en el ranking.
Hace poco lo vimos con claridad: mientras el juez Baltasar Garzón investigó las violaciones a los derechos humanos en las dictaduras sudamericanas, fue un héroe mundial, el símbolo viviente de lo avanzada y progresista que es la España de hoy. Eso sí, apenas se puso a investigar las violaciones a los derechos humanos en la dictadura española, lo degradaron, lo echaron y de un modo humillante lo pusieron de patitas en la calle.
Así de avanzada y progresista es la España de hoy.
No es el único caso de flagrante doble discurso. Los dos grandes diarios españoles, El País y El Mundo, siempre llaman a la ETA “banda terrorista”. La “banda terrorista” hizo esto. La “banda terrorista” hizo aquello. Eso sí, jamás emplean esa terminología para denominar a ningún otro grupo terrorista del mundo. No la usan para las FARC, no la usan para Hamas. Al parecer la sangre española tiene un valor comercial más alto.
Solo en base a un notorio doble discurso es posible tratar a “la banda terrorista” ETA y al “grupo integrista” Hamas como si fueran dos cosas de categorías muy distintas. En cuanto a los objetivos de cada grupo, las similitudes son evidentes. Si Hamas lucha por la independencia palestina, ETA lucha por la independencia vasca. En cuanto a los métodos de lucha, las similitudes son mayores todavía: no hay duda de que ETA practica el terrorismo. Su atentado más sangriento ocurrió cuando voló un supermercado en Barcelona en 1987 y mató a 21 personas inocentes. Hamas, mientras tanto, ha puesto bombas en ómnibus y bares. Su atentado más sangriento ocurrió cuando voló una discoteca en Tel Aviv en 2002 y mató a 21 personas inocentes. ¿Por qué uno es terrorista y el otro no? Hay que leer la prensa española para averiguarlo.
En Uruguay conocemos bien otro caso de doble discurso español. Durante décadas España se aprovechó del tratado firmado con Uruguay en 1870 para que todo aquel español que lo necesitara pudiera venir a trabajar aquí, y vinieron cientos de miles. Pero cuando las condiciones económicas se invirtieron –y el trabajo comenzó a abundar allá y a faltar acá- España desconoció olímpicamente los compromisos asumidos y hoy deja entrar solo al uruguayo que ella quiere, aunque el tratado que firmó y usó durante más de un siglo dice lo contrario. Si la actual crisis que ha llevado a que España tenga más de 20% de desocupados se prolonga, ya veremos como el Aznar o Zapatero de turno viene a recordarnos la vigencia del viejo tratado de 1870.
La prensa y la opinión pública en España, mientras tanto, exigen que Israel termine de una vez de desocupar los territorios palestinos, y yo estoy de acuerdo.
Lo curioso es que, al mismo tiempo que esto se reclama, España mantiene bajo su poder los enclaves de Ceuta y Melilla, dos territorios en el norte de África que ocupó siglos atrás y hoy considera que le pertenecen.
Aunque nadie organiza convoyes de ayuda humanitaria, Marruecos nunca ha dejado de reivindicar esos territorios como propios. España se niega, con el argumento de que ocupó ambas posiciones mucho antes del nacimiento del actual Marruecos independiente (con el mismo argumento mañana vuelven a ocupar Montevideo, Buenos Aires, Lima y así hasta México). El primer ministro marroquí, Abbas el Fassi, ha dicho recientemente que la situación de Ceuta y Melilla es igual a la de Palestina. “Marruecos pide a España negociar el fin de la ‘ocupación’ de Ceuta y Melilla”, tituló El País de Madrid. Es decir, Palestina está ocupada, a secas. En cambio Ceuta y Melilla están “ocupadas”, con comillas. Sutilezas del doble discurso.
¿Qué pasaría si un día Marruecos comenzara a disparar cohetes sobre España?
Ojalá eso nunca suceda. Pero si ocurre, me gustaría leer qué escriben El Mundo y El País.


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2.6.10

Víctor Hugo: la farsa continúa

Editorial Perfil acaba de otorgar sus premios a la Libertad de Expresión. El premio internacional le fue otorgado a la bloguera cubana Yoani Sánchez. El premio nacional, aquel que se da a los cronistas que trabajan en Argentina, fue compartido por Joaquín Morales Solá y Víctor Hugo Morales, dos periodistas que hoy sostienen posiciones antagónicas.
Con motivo del premio, la revista Noticias (que edita Perfil) dedicó una larga entrevista conjunta a los dos Morales. El diálogo fue acompañado con una breve ficha biográfica de cada uno de los premiados.
Respecto al Morales uruguayo dice: “Por problemas con el gobierno militar de su país, en 1979 se le revocó transitoriamente su licencia como relator”.
Es difícil cometer más errores en tan solo dos líneas. Menos mal que se trata de un artículo en el que se habla de premios al buen periodismo.
Para empezar: no fue en 1979; fue en 1978.
Y luego: Víctor Hugo no tuvo ningún problema con el gobierno militar. Sus problemas eran con los dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol y fue la AUF la que lo suspendió como relator. El gobierno militar, al contrario de lo que dice Noticias, fue quien acudió en auxilio de Víctor Hugo Morales y en una reunión del Consejo de Ministros celebrada en la ciudad de Rivera decidió desautorizar a la AUF y decretar que Víctor Hugo Morales podía volver a relatar de inmediato. Víctor Hugo agradeció la decisión del presidente de facto Aparicio Méndez y sus ministros por escrito, en las páginas del diario Mundocolor. Lo hizo de un modo tan obsecuente que hoy resulta imposible sostener que VHM fue opositor a la dictadura, ni mucho menos. Salvo que se mienta.
Todo esto es una verdad incontrovertible que está escrita de puño y letra por el propio Víctor Hugo Morales en su libro El Intruso.
En la ficha biográfica sobre Víctor Hugo, el periodista de Noticias deja constancia que El Intruso existe. Es un libro curioso: todos lo citan, pero nadie se toma la molestia de leerlo. Quizás Perfil pueda instituir también un premio al primer periodista argentino que lo lea.
Quien quiera conocer con detalles aquella historia puede leerla en este anterior artículo:
leonardohaberkorn.blogspot.com/2010/04/victor-hugo-la-historia-olvidada.html .


Artículo de Leonardo Haberkorn
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